Thomas Schlesser Los ojos de Mona

El ojo piensa, el pensamiento ve, la mirada toca. Octavio Paz.

Los ojos de Mona comienzan con la luz y terminan con la obscuridad; pero esa ultra obscuridad es el verdadero nacimiento de la luz y la brillantez, de los colores que luchan para darle vida a la negrura del cosmos viviente que tienen las pinturas.

Todo comienza con la negrura de la noche que se le viene encima a Mona: una niña de diez años quien de pronto se ha quedado ciega sin motivo alguno. Después de un poco más de una hora le regresa la vista. Han sido 63 minutos intensos que representan una eternidad. Una intensidad en donde el miedo de quedarse a obscuras para siempre la somete a habitar un mundo de tinieblas.

El médico determina que ha sido un Accidente Isquémico Transitorio (AIT). O sea que los ojos de Mona dejaron de recibir por unos minutos el flujo sanguíneo; pero al no encontrar ninguna anomalía en sus ojos determina que la niña debe recibir una terapia psiquiátrica y aquí da un giro la historia, pues el abuelo materno de Mona: Henry, un hombre de más de ochenta años que tiene el rostro marcado por una fea cicatriz, prefiere llevarla a los museos que visitar al psiquiatra. Para su abuelo materno es más importante que la niña guarde en su memoria los colores y las formas que la lleven a una experiencia visual y emocional que conecte el Arte con su propia vida.

Y… aquí comienza la verdadera historia y no va a ser cualquier historia; sino la Gran Historia del Arte. El autor va a entrelazar la vida escolar de Mona y su entorno familiar con la visita a tres de los museos más importantes que existen en el mundo y que se encuentran en París, Francia: el Museo de Louvre, el Museo de Orsay y el Museo Georges Pompidou.

Henry, considera que el Arte es la mejor forma de entender y sentir al mundo. Él teme que su nieta vuelva a perder la vista para siempre y prefiere algo que no pierda jamás, ni nadie pueda arrebatarle: la memoria de la belleza. Así cada semana durante un año, cada miércoles en lugar de llevarla con el psiquiatra, lleva a su nieta a visitar un museo para apreciar una obra. Una obra que deposite en la niña una sensación, un sentimiento, una reflexión sobre la vida, un ideal, un color, un enfoque, una figura, una sonrisa, una mirada, una imagen que la haga sentir, una experiencia que la haga girar de alegría. La belleza puede animar o entristecer, puede hacer recordar o hacer reconstruir algo olvidado. El Arte es la vida detenida y el movimiento al mismo tiempo. El Arte también es memoria, resistencia, consuelo, amor y muerte.  

De esa manera comienza un recorrido magistral sobre la belleza de 52 obras maestras: una cada miércoles. Se comienza por el Museo de Louvre con 19 obras en donde no puede faltar “La Gioconda”, de Leonardo da Vinci (la mirada de la “Mona Lisa” te sigue desde donde la veas y su sonrisa te invita a contestar con otra sonrisa). En cambio, Botticelli con “Venus y las tres gracias”, te enseña a dar, a recibir y a devolver: el arte nos hace más libres si aprendemos a recibir. También está Miguel Ángel con su escultura de: “El esclavo moribundo”, Fran Halls con: “La gitana”. También se encuentran Rembrandt, Vermeer, Goya, Turner. Tantos artistas que muestran y al mismo tiempo ocultan sus misterios con la humanidad y la profundidad de sus espíritus plasmados en sus obras.

Mona descubre al mundo y se descubre así misma a través de las obras y con su maestro Dadé, su abuelo, quien la guía por los caminos sutiles y misteriosos de la pintura y la escultura creando una conexión íntima que la va a transformar en un ser empoderado que le va a ayudar en su propia incertidumbre al saber que quizá no vuelva a ver nunca más.

Después siguen 14 obras en el Museo de Orsay donde se encuentran Édouard Manet, Claude Monet, Gustave Courbet, Edgar Degas, Paul Cézanne, Vincet Van Gogh y Camille Claudel, entre otros.  

Las lecciones del abuelo no sólo quedan en los museos, sino que son utilizadas por la niña para superar la adversidad, la tristeza o la nostalgia. El Arte le ayuda a valorar el presente y a su familia, a superar sus miedos.

Hay momentos magistrales y conmovedores como la escultura de bronce de Camille Claudel: “La edad madura”, donde una joven suplicante arrodillada intenta detener a un hombre maduro, mientras una mujer mayor lo arrastra inexorablemente. Una tragedia en donde no podemos dejar de pensar en su amante, ese gran escultor Rodin. La niña, al observar la obra, madura emocionalmente en un instante.  

Luego sigue el Museo Georges Pompidou con 18 obras en donde destaca: “El marco” de Frida Kahlo, allí existe esa otra Mona Lisa, Frida, única y maravillosa, que te mira directamente sin juzgarte, como una santa que te perdona todos tus pecados. Esta mujer está llena de flores y pájaros que no indican ningún sufrimiento, sino fortaleza, seguridad y pasión.

El abuelo, en pocas palabras le explica la vida de ella con su agonía permanente y cómo logra enmarcar y atrapar su propia historia para superar sus aflicciones. Mona, aprende de esa pintura que también ella puede encerrar y enmarcar sus temores.

El museo Georges Pompidou posee obras abstractas, conceptuales y provocadoras que transitan del siglo XX al siglo XXI que van con la maduración de la niña, que de diez años va a cumplir once. La última obra es de Pierre Soulages: la obra número 52, es una pintura pequeña que mide 200 x 220 cm., de un solo color que va a cerrar el círculo, que le va a dar serenidad al abuelo y esperanza a su nieta y allí habita la belleza la cual tiene increíblemente la ausencia total de luz.

Thomas Schlesser, Historiador de Arte, es francés y tiene 49 años. Actualmente, es director de la Fundación Hartung-Bergman en Antibes, Francia.

Pablo García Mejía, nació en Ciudad Valles, San Luis Potosí, México. Es autor de las novelas: “El vendedor de ataúdes” y “La miseria del espíritu. Masacre del 68”, así como de los poemarios: “El último día del verano” y “Ciudad sin crepúsculos”. Actualmente, tiene en proceso de publicación, su novela: “El semidiós agoniza”.

Por Pablo García Mejía

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