El capitalismo vs el capitalismo.

La hipótesis de que la tecnología contemporánea ha dejado de ser un mero instrumento subordinado al sujeto humano para convertirse en un principio organizador relativamente autónomo del orden social y económico constituye uno de los problemas filosóficos y políticos centrales del siglo XXI. La automatización avanzada, la inteligencia artificial y los sistemas algorítmicos no solo sustituyen fuerza de trabajo humana —como ocurría en la revolución industrial clásica— sino que progresivamente absorben funciones de decisión, coordinación, vigilancia y administración que históricamente pertenecían al empresario, al gerente o al aparato burocrático estatal. La máquina deja de ser exclusivamente herramienta de producción para convertirse en arquitectura de gobierno. En este sentido, la nueva tecnología ya no aparece únicamente como “medio técnico”, sino como externalización operacional de la racionalidad organizadora del capital.

Esta transformación no puede comprenderse únicamente como un cambio tecnológico. Implica una mutación ontológica y política en la relación entre humanidad, trabajo, capital y poder. La máquina industrial clásica todavía estaba inscrita dentro de un dualismo relativamente estable: el sujeto humano organizaba y la máquina ejecutaba. Incluso cuando el trabajador quedaba subordinado al ritmo mecánico de la fábrica —como mostró magistralmente Karl Marx en el análisis de la gran industria— persistía la idea de que el ser humano era el principio activo de dirección y finalidad. La máquina era capital constante; el capitalista y sus administradores seguían siendo la inteligencia estratégica del sistema.

En El capital, Marx observó que el desarrollo maquínico transformaba al obrero en “apéndice viviente” de la máquina, invirtiendo parcialmente la relación entre sujeto y herramienta. Sin embargo, incluso en la gran industria decimonónica, la máquina todavía dependía de la supervisión humana, de la decisión empresarial y de la coordinación burocrática. La automatización contemporánea modifica radicalmente esta situación porque la tecnología digital ya no solo ejecuta operaciones físicas, sino también operaciones cognitivas: clasificación, evaluación, predicción, vigilancia, administración logística y control conductual. La máquina industrial sustituía músculos; la máquina informacional sustituye crecientemente funciones de organización.

Aquí resulta decisivo el análisis de Martin Heidegger sobre la esencia de la técnica moderna. En “La pregunta por la técnica”, Heidegger argumentaba que la técnica moderna no debía entenderse como simple conjunto de herramientas, sino como un modo de desocultamiento del mundo donde todo ente aparece como “fondo disponible” (Bestand). La naturaleza, los objetos y los propios seres humanos se convierten en recursos calculables y optimizables. Lo relevante hoy es que esta lógica ya no opera únicamente mediante aparatos mecánicos, sino mediante sistemas digitales capaces de modelar conductas y administrar procesos sociales enteros en tiempo real. El trabajador, el consumidor y el ciudadano aparecen simultáneamente como datos, perfiles probabilísticos y recursos optimizables.

Autores contemporáneos como Shoshana Zuboff han denominado a este fenómeno “capitalismo de vigilancia”. Según Zuboff, las grandes corporaciones tecnológicas han desarrollado un nuevo régimen económico basado en la extracción masiva de datos conductuales para predecir y modificar comportamientos humanos. Ya no se trata únicamente de producir mercancías, sino de producir previsibilidad social. Plataformas digitales, sensores, algoritmos y sistemas de aprendizaje automático convierten la experiencia cotidiana en materia prima de acumulación. El objetivo económico no es solo fabricar objetos, sino gobernar flujos de atención, consumo y comportamiento.

La novedad histórica radica en que el control ya no depende exclusivamente de supervisores humanos. La gestión algorítmica sustituye crecientemente funciones gerenciales. Empresas como Amazon utilizan sistemas automatizados para monitorear productividad, tiempos muertos, desplazamientos y ritmos laborales en tiempo real. Diversos estudios sobre almacenes logísticos muestran que los trabajadores reciben instrucciones, evaluaciones y sanciones generadas algorítmicamente. El supervisor humano no desaparece completamente, pero es subordinado a una arquitectura técnica superior. En ciertos contextos, el algoritmo decide contrataciones, despidos, asignaciones de tareas y evaluación de desempeño. La máquina se convierte en un “capataz digital”.

Esta transformación confirma parcialmente las intuiciones de Gilles Deleuze sobre el tránsito desde las sociedades disciplinarias descritas por Michel Foucault hacia “sociedades de control”. Mientras las instituciones disciplinarias modernas organizaban cuerpos mediante espacios cerrados —fábrica, prisión, escuela—, el control contemporáneo opera de forma continua, distribuida y algorítmica. El sujeto ya no es solamente vigilado; es permanentemente modulado mediante sistemas de información. El smartphone, la plataforma digital y la inteligencia artificial funcionan simultáneamente como herramientas de trabajo, vigilancia y modelación conductual.

Desde el punto de vista económico, el problema central consiste en que esta nueva fase tecnológica intensifica una contradicción estructural ya identificada por Marx: el capitalismo depende simultáneamente de aumentar productividad y de mantener capacidad de consumo social. La automatización radical amenaza esta segunda condición. Según datos del World Economic Forum, los procesos de automatización e inteligencia artificial podrían desplazar decenas de millones de empleos en tareas rutinarias durante las próximas décadas, aun cuando simultáneamente generen nuevos sectores ocupacionales. Sin embargo, la cuestión no es únicamente cuantitativa, sino estructural: el sistema tiende a reducir la necesidad de trabajo humano justamente cuando la distribución de ingresos continúa dependiendo en gran medida del empleo asalariado.

Economistas como John Maynard Keynes ya habían anticipado parcialmente este problema cuando hablaron del “desempleo tecnológico”. No obstante, la automatización contemporánea alcanza ámbitos mucho más amplios que la mecanización industrial clásica. Sistemas de inteligencia artificial generativa, análisis predictivo y automatización administrativa comienzan a afectar trabajos cognitivos, creativos y burocráticos que durante décadas parecían relativamente protegidos.

La paradoja resultante es profunda: cuanto más eficiente se vuelve el sistema productivo, menos necesaria parece la mayoría de la población desde el punto de vista estrictamente económico. Esta tendencia impulsa dinámicas de concentración extrema. Según informes de Oxfam y diversos estudios sobre desigualdad global, la riqueza se concentra crecientemente en corporaciones tecnológicas y fondos financieros con capacidades masivas de automatización, control de datos y propiedad intelectual. La lógica competitiva del capitalismo digital tiende hacia monopolios de plataforma debido a los efectos de red (a más usuarios más valor, más datos, más interés por los servicios que se ofrecen), la acumulación de datos y las economías de escala algorítmicas.

Aquí emerge la posibilidad de un capitalismo paradójicamente “poscapitalista” en su estructura social. El capitalismo clásico suponía competencia relativamente abierta, movilidad social y expansión constante de mercados laborales. Pero un capitalismo hiperautomatizado puede tender hacia formas de centralización cercanas a estructuras neo-feudales o tecnocráticas: pocas corporaciones controlando infraestructuras fundamentales; masas crecientes económicamente dependientes; debilitamiento de la competencia real; concentración extrema de poder tecnológico y financiero; y administraciones estatales dedicadas prioritariamente a gestionar estabilidad social.

Autores como Yanis Varoufakis han descrito este escenario mediante conceptos como “tecnofeudalismo”, sugiriendo que las grandes plataformas digitales ya no funcionan exactamente bajo la lógica clásica del mercado competitivo, sino como infraestructuras cuasi-soberanas capaces de extraer rentas mediante control de ecosistemas digitales enteros. Aunque el término es debatible, señala correctamente una transformación histórica: el mercado competitivo liberal parece coexistir cada vez más con sistemas altamente centralizados de control informacional.

En este contexto, la política corre el riesgo de transformarse progresivamente en administración tecnocrática de poblaciones excedentes. El problema central ya no sería integrar ciudadanos productivos, sino gestionar poblaciones parcialmente o totalmente excluidas de la producción automatizada. La vigilancia algorítmica, el crédito social, el análisis predictivo y las tecnologías de reconocimiento de comportamientos adquieren entonces relevancia estratégica. Lo decisivo es que estas tecnologías prometen un control continuo, automatizado y relativamente impersonal. El viejo soberano disciplinaba cuerpos; el nuevo sistema administra probabilidades.

Sin embargo, atribuir agencia absoluta a la tecnología sería un error conceptual. La tecnología no constituye un sujeto autónomo desligado de relaciones históricas de poder. Como señaló Lewis Mumford, toda megamáquina técnica presupone siempre una megamáquina social. Detrás de la automatización contemporánea persisten intereses económicos, estructuras de propiedad y proyectos políticos específicos. La inteligencia artificial no desea dominar; son determinados actores económicos y estatales quienes utilizan estas arquitecturas para maximizar acumulación, eficiencia y control.

Por ello, el problema último no es meramente tecnológico, sino antropológico y civilizatorio. La compulsión recurrente hacia acumulación ilimitada, expansión del control y concentración de poder precede históricamente al capitalismo industrial y probablemente lo sobrevivirá. Imperios antiguos, monarquías absolutas y burocracias modernas ya manifestaban dinámicas semejantes. La tecnología contemporánea amplifica radicalmente estas tendencias porque ofrece capacidades inéditas de coordinación, extracción de datos y administración social.

La analogía con la crisis del feudalismo tardío resulta entonces particularmente sugerente. El feudalismo europeo comenzó a desestabilizarse cuando el desarrollo de comercio, ciudades y nuevas fuerzas productivas erosionó las relaciones sociales que sostenían el orden feudal. De manera análoga, el capitalismo automatizado podría estar generando fuerzas productivas incompatibles con las bases sociales del capitalismo salarial clásico. Si la producción requiere cada vez menos trabajo humano, pero la distribución de riqueza continúa dependiendo del salario, emerge una contradicción estructural potencialmente explosiva.

La cuestión decisiva consiste en determinar si el capitalismo podrá reorganizarse alrededor de nuevas formas de distribución y legitimidad —por ejemplo, mediante renta básica, economías híbridas o nuevas formas de propiedad tecnológica— o si la automatización extrema profundizará tendencias hacia oligopolios tecnocráticos, vigilancia masiva y exclusión estructural. En cualquier caso, la tecnología contemporánea parece haber dejado de ser únicamente prolongación instrumental del cuerpo humano para convertirse en prolongación operativa de la racionalidad organizadora y explotadora del capital.

La máquina industrial disciplinaba cuerpos para producir mercancías; la máquina algorítmica contemporánea administra información, atención, conducta y productividad simultáneamente. Su aspiración no es únicamente acelerar trabajo, sino coordinar integralmente sistemas humanos y no humanos bajo criterios de optimización permanente. En ello reside quizá su rasgo histórico más inquietante: la subordinación ya no aparece solamente como obediencia a otros hombres, sino como sometimiento a arquitecturas técnico-informacionales que operan con la apariencia de neutralidad objetiva. El nuevo poder no necesita rostro; basta con el algoritmo.

Por Napoleón Camacho Brandi

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *