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Digger o las excavaciones poco profundas del poder

El crítico de arte Napoleón Camacho Brandi nos comparte su análisis de Digger, la película de Alejandro G. Iñárritu protagonizada por Tom Cruise. Una reflexión sobre el capitalismo, la corrupción y los límites de la sátira política, donde una producción visualmente impresionante plantea grandes cuestionamientos, pero podría quedarse en la superficie de aquello que pretende denunciar.


Por Napoleón Camacho Brandi

Quien se sabe profundo, se esfuerza por ser claro:
quien quisiera parecer profundo a la multitud, se esfuerza por ser oscuro.

Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia

Hay películas que pretenden excavar en las profundidades de su tiempo y terminan apenas arañando la superficie. Digger, la más reciente película de Iñárritu, pertenece a esta categoría. Su ambición es considerable: poner en escena la codicia del capitalismo contemporáneo, la crisis ambiental, la corrupción del poder político, la subordinación de la ciencia a los intereses económicos y la responsabilidad —o irresponsabilidad— de los dirigentes mundiales frente a una catástrofe que parece inevitable.

Todo ello ocurre, además, bajo una premisa tan explícita que difícilmente puede pasar inadvertida: Digger es el nombre de su protagonista y, al mismo tiempo, la metáfora de quien excava, perfora y penetra incansablemente la tierra en busca de aquello que puede convertirse en riqueza. Tom Cruise encarna a este magnate del petróleo, una suerte de caricatura del empresario depredador. La comparación con Daniel Plainview, el protagonista de Petróleo sangriento (There Will Be Blood), de Paul Thomas Anderson, resulta inevitable. Ambos son hombres que extraen de la naturaleza aquello que consideran suyo por derecho. Pero mientras Plainview encarna una forma casi primitiva y brutal de capitalismo, Digger parece diseñado para representar su versión contemporánea: más consciente de su propia imagen, más sofisticada y, sobre todo, más cómoda dentro de la farsa.

Y es precisamente la farsa uno de los principales recursos de la película. Iñárritu construye un universo deliberadamente teatral, poblado por personajes que parecen saber que están representando un papel. Hay ecos de Dr. Strangelove de Kubrick, de la teatralidad de Fellini en La nave va y, en ciertos momentos, de la estilización visual asociada con Wes Anderson. La fotografía de Lubezki contribuye a esta sensación de artificio cuidadosamente construido. El poder aparece convertido en espectáculo; los poderosos, en caricaturas de sí mismos; la política, en una representación dentro de otra representación.

Incluso aparece, de manera más o menos explícita, la vieja pregunta de Magritte: esto que estamos viendo, ¿es realmente lo que parece ser? El problema es que el dispositivo funciona mejor como espectáculo que como pensamiento.

La pregunta central, entonces, no es si Digger está bien hecha. Lo está. Tampoco si Iñárritu demuestra una vez más su capacidad para construir imágenes, atmósferas y situaciones visualmente complejas. Lo hace. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿qué está criticando exactamente la película?

¿Al capitalismo? ¿A Trump y su administración? ¿A la ONU? ¿A los científicos que se someten al poder económico? ¿A la ausencia de políticas ambientales eficaces? ¿A la irresponsabilidad de los gobernantes? ¿A la codicia de los empresarios? ¿O simplemente a la estupidez y maldad de ciertos individuos que, por casualidad, ocupan posiciones de poder?

La acumulación de blancos posibles termina produciendo un curioso efecto: mientras más cosas parece querer criticar la película, menos claro resulta cuál es su verdadero objeto de crítica.

El capitalismo convertido en villano

Es difícil hablar de la trama sin revelar elementos que forman parte de su estrategia narrativa. Pero hay algo que sí puede decirse: el cambio climático aparece como la gran consecuencia de un modelo de explotación basado en la extracción y el consumo ilimitado de energía. La responsabilidad inmediata parece recaer sobre una corporación y sobre Digger, su máximo dirigente, un personaje construido como síntesis de egoísmo, ambición y cinismo.

Hasta aquí, nada especialmente novedoso. La dificultad aparece cuando la película intenta pasar del personaje al sistema. Digger termina desplazando la responsabilidad hacia la humanidad en su conjunto, mientras una ONU caricaturizada reúne a los representantes de un mundo que parece incapaz de hacerse cargo de su propia catástrofe. Los científicos tampoco escapan a la sátira: aparecen sometidos, directa o indirectamente, a los intereses del poder económico.

Pero el mecanismo es demasiado sencillo. Hay culpables, víctimas, científicos comprometidos, políticos corruptos y empresarios ambiciosos. Lo que falta es precisamente aquello que permitiría comprender cómo funciona el sistema que produce esas conductas. La película señala el incendio, pero rara vez se pregunta cómo construimos la casa.

El capitalismo aparece así menos como una estructura económica e histórica que como un conjunto de individuos particularmente desagradables. El problema no sería tanto el sistema como quienes lo administran mal. De esta manera, la crítica puede llegar muy lejos en términos de gesticulación, pero no necesariamente en términos de análisis. Y esa diferencia importa.

Porque denunciar que un magnate petrolero es egoísta no constituye todavía una crítica al capitalismo. Tampoco lo es mostrar que algunos científicos venden sus conocimientos al mejor postor o que los políticos intentan evitar las consecuencias jurídicas de sus decisiones. Todo ello puede ser cierto, pero la pregunta fundamental permanece intacta: ¿qué relaciones económicas, políticas y sociales hacen posible que esas conductas sean racionales dentro del sistema? Digger parece no tener demasiado interés en responderla.

La pedagogía de la catástrofe

Hay, además, otra cuestión que atraviesa la película: su necesidad permanente de explicarnos lo que estamos viendo. Iñárritu no parece confiar completamente en que las imágenes, los personajes o la situación puedan producir por sí mismos el efecto buscado. La película necesita señalar, subrayar y, en ocasiones, prácticamente explicar su propia ironía. El espectador no sólo observa la farsa: recibe instrucciones sobre cómo debe interpretarla. Esta vocación pedagógica tiene consecuencias.

La farsa puede ser un instrumento extraordinariamente poderoso para pensar la realidad. Kubrick lo demostró con Dr. Strangelove: la exageración y el absurdo podían revelar con mayor claridad que el realismo la lógica delirante del poder nuclear. Fellini convirtió la representación en una forma de interrogación sobre la propia realidad. La caricatura puede ser políticamente subversiva precisamente porque deforma la realidad hasta hacer visibles sus mecanismos.

Pero para que eso ocurra, la caricatura debe abrir preguntas, no cerrarlas. En Digger, con frecuencia sucede lo contrario. La ironía termina funcionando como una especie de seguro contra la complejidad. Nos permite reírnos de los poderosos sin tener que preguntarnos demasiado por las estructuras que los producen. Y ahí aparece una paradoja interesante: una película que pretende denunciar la superficialidad de la política contemporánea corre el riesgo de convertirse ella misma en una forma sofisticada de superficialidad.

La catarsis como salida

Las subtramas cumplen, en buena medida, una función semejante. Aportan densidad emocional a los personajes, multiplican los registros de la farsa y permiten que la película se desplace entre la sátira política, el drama y el espectáculo. Pero también contribuyen a una idea más problemática: la del arte como espacio de catarsis frente a una realidad insoportable.

La catástrofe está ahí. El planeta se aproxima al desastre. Los poderosos son incapaces de asumir responsabilidades. Los intereses económicos dominan la política. La ciencia es manipulada. Los ciudadanos son espectadores de un proceso que no controlan. ¿Y qué queda? La representación.

La posibilidad de contemplar la catástrofe, comprenderla emocionalmente y experimentar, gracias al arte, una cierta liberación. La farsa nos permite reírnos del poder y la catarsis nos proporciona el alivio necesario para regresar a nuestras vidas. Es una función respetable del arte. Pero resulta políticamente limitada. Porque una cosa es utilizar la representación para provocar una toma de conciencia y otra convertir la conciencia en el punto final del proceso. La indignación que no se transforma en pregunta política puede convertirse simplemente en entretenimiento moral. Nos sentimos del lado correcto porque hemos reconocido a los malos. Y después podemos volver a casa.

La comodidad de la crítica

Quizá ahí se encuentre la verdadera debilidad de Digger. La película parece querer ocupar simultáneamente dos lugares: el de la gran obra de arte y el de la denuncia política. Pero mientras su forma cinematográfica se esfuerza por demostrar que estamos frente a una obra compleja, su pensamiento político termina siendo mucho más convencional. Es una crítica que puede incomodar, pero difícilmente escandaliza.

Critica al empresario codicioso, al político irresponsable, al científico vendido, a las instituciones internacionales y a la sociedad consumista. Todos los sospechosos habituales comparecen ante el tribunal. Pero el capitalismo, como estructura histórica y económica, queda extrañamente protegido detrás de sus caricaturas. El sistema puede continuar intacto siempre que podamos encontrar algunos villanos suficientemente malos a quienes atribuirle sus excesos.

Por eso la película corre el riesgo de convertirse en una crítica light: suficientemente progresista para resultar satisfactoria, suficientemente espectacular para parecer radical y suficientemente ambigua para no poner realmente en cuestión demasiadas cosas. Es una película que puede tranquilizar a buena parte de la “izquierda” demócrata estadounidense mientras cumple, al mismo tiempo, con los requisitos estéticos de una producción destinada a circular por la temporada de premios. Es decir: una crítica perfectamente compatible con aquello que, en otro contexto, llamaríamos políticamente correcto.

Excavar sin llegar demasiado lejos

Hay algo particularmente irónico en todo esto. Digger es una película sobre un hombre que excava. Su protagonista busca debajo de la superficie aquello que puede convertir en poder y riqueza. Iñárritu, por su parte, parece querer excavar debajo de la superficie de nuestro presente político y económico. Pero una excavación no se define por la profundidad que promete, sino por aquello que finalmente encuentra.

Y aquí la película encuentra muchas cosas: imágenes extraordinarias, personajes grotescos, situaciones delirantes, una puesta en escena elaborada y una maquinaria cinematográfica de enorme precisión. Lo que no encontramos es una explicación convincente de las estructuras políticas y económicas que pretende denunciar.

El resultado es una paradoja: cuanto más espectacular se vuelve la forma, más evidente resulta el vacío conceptual que hay detrás de ella. Digger quiere mostrarnos las profundidades del poder, pero termina excavando apenas unos centímetros por debajo de su superficie. Y quizá esa sea su contradicción fundamental: una película sobre la necesidad de excavar que, finalmente, prefiere mostrarnos la maquinaria de la excavación antes que llegar al fondo.