El poder imperial se ha vuelto súbitamente cínico y burdo, y con ello ha evidenciado su política de la muerte, que es la estrategia que subyace al capitalismo desde siempre. La destrucción de las torres gemelas de Nueva York marcó el giro para crear un nuevo enemigo que operará no solo fuera del territorio de Estados Unidos, sino también dentro. Ese nuevo enemigo que reemplaza al “comunista” es ahora el “terrorista”. Este enemigo, si bien en principio es de “Medio Oriente”, musulmán, islámico, etc., también puede ser el vecino de al lado, ese nuevo miembro del vecindario que se infiltró en el país debido a una deficiente política migratoria.
Este nuevo personaje —portador del mal y destructor de los valores “arios” norteamericanos— no solo cambió la política exterior de EE. UU., sino también la política interna. Para ello se creó un aparato burocrático que no respetará ley ni derechos humanos, y que se ha encargado de vigilar a sus propios ciudadanos. El miedo al vecino (sobre todo al no blanco) es el nuevo sistema de control de masas, ese que Achille Mbembe designa como necropolítica, y será el encargado de controlar y distraer a las masas de la expansión del capitalismo denominada globalización, la cual traerá como consecuencia el deterioro de las clases medias de los países europeos y de Norteamérica.
Una consecuencia de este proceso es el surgimiento de los populismos de extrema “derecha” —o mejor denominados ideologías neo-racistas y neo-nacionalistas— que marcarán la victoria de Trump. Las presiones sociales internas de las ex-clases medias blancas ahora empobrecidas, que pululan en las principales ciudades del autodenominado “primer” mundo, provocan una reacción conservadora que buscará paliar sus reclamos con promesas imposibles de cumplir.
Una de ellas es restaurar el poder industrial de EE. UU. a través de impuestos a la importación de mercancías para generar nuevos empleos o recuperar los perdidos por la globalización. Resulta ilusorio ante el mecanismo implacable e ineludible del aumento de la productividad que requiere la codicia capitalista. Esta productividad está ahora en manos de China y será imposible de resituarla en territorio estadounidense. Para competir en productividad industrial con China o India solo se podrá lograr sustituyendo obreros por robots y/o inteligencia artificial, imposibilitando así aumentar el empleo y restituir el nivel de ingresos de dichas clases medias.
De igual manera, la promesa de acabar con la corruptora y peligrosa inmigración “terrorista” resultó en un duro golpe a una economía que basa gran parte de la productividad del sector de servicios y agrícola en la explotación de mano de obra migrante. Asimismo, la intención de aniquilar a unos nuevos “terroristas”, los narcotraficantes, se ha restringido a destruir lanchas con misiles de cientos de miles de dólares, con nulo efecto en la producción y consumo de estupefacientes.
Así que la única alternativa para hacer “grande” a EE. UU. es la guerra, el despliegue de fuerza bruta sin ninguna restricción, como también lo hemos visto en Gaza. Pero… ¿con quién puede desplegarse esa violencia bruta y destructiva? Solo con los débiles, como fue el caso de Venezuela. Sin embargo, a pesar de todo este despliegue de fuerza, el imperio está en decadencia, y no solo industrial sino también militar. Por ejemplo, si bien Estados Unidos y Europa no han perdido la guerra en Ucrania, tampoco la han podido ganar. Son más de tres años combatiendo militarmente con Rusia sin lograr siquiera detener su avance, y las sanciones económicas aplicadas no han debilitado significativamente su economía.
Y la nueva guerra —que supuestamente sería rápida y sencilla de ganar— ha provocado un desequilibrio energético mundial y ha despertado la posibilidad de desestabilizar la economía mundial y provocar una recesión. Irán, sin haber ganado la guerra, ha ganado la guerra. Y lo ha hecho contra el país con mayor poderío militar (junto con su proxy Israel). Así, por esta extraña vía, el discurso necropolítico del imperio en decadencia —cuyo poderío se sostiene con alfileres en su dominio financiero— ha sido puesto en duda.
La narrativa imperial, que todos los países excolonias saben falsa desde hace mucho tiempo, se hace ahora evidente incluso para los europeos, que han abandonado a EE. UU. en su nueva guerra (pero que aún suplican por sus armas y dinero para sostener la OTAN y su guerra imposible con Rusia a costa de las vidas de miles de ucranianos).
Sin embargo, las expectativas de que la necropolítica se extienda y se recrudezca son muy grandes. El trumpismo ha inaugurado una nueva era de conservadurismo e ideas raciales-nacionalistas tan radicalizadas como las que supuestamente habíamos dejado atrás con el nazismo y los fascismos europeos, que detonaron la primera y segunda guerras mundiales con saldos de decenas de millones de vidas perdidas (entre 85 y 105 millones de personas).
Otra faceta de este retroceso es el desprestigio que viven las políticas de equidad de género y de respeto a las diversidades étnicas y sexuales. Las respuestas sociales a estos estertores del imperialismo son cada vez más urgentes y necesarias. Resistir los embates imperiales y de las élites internas neocoloniales en México y Latinoamérica es una tarea que debemos realizar, de manera individual y colectiva, hoy.
Por Napoleón Camacho Brandi


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